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Me encontraba el otro día en una parada de transporte público cuando apareció un grupo de chicos de unos quince años vestidos con el uniforme de un colegio de los considerados de élite. Durante el tiempo que duró la espera se mantuvieron inquietos, planeando lo que parecía una estrategia.

Al llegar el autobús no solo no tuvieron ningún reparo en colarse aprovechando que eran grupo, sino que para ello tuvieron que empujar a dos ancianas que por poco caen al suelo, propinar varios codazos a una chica inmigrante y tirarle las bolsas de la compra a una pobre mujer.

Lo más asombroso es que nadie les dijo nada (ya se sabe que los uniformes impresionan) todo el mundo miró hacia otro lado mientras ellos se jactaban de lo listos que habían sido. Realmente estaban convecidos de que si habían subido los primeros era debido a su inteligencia y superioridad.

Cuando llegué al gimnasio me encontré con unas cuantas mujeres de entre 35 y 45 años que bien podrían ser sus madres, todas con su BUP finalizado, muy cuidadas y casadas con buenos partidos gracias a las tácticas que aprendieron de las monjas, de sus progenitoras y, como no, del cosmopolitan.

Tras haber llevado a los niños al colegio en su todoterreno, pasado unas cuantas horas desayunado en el VIP y gastado en productos cosméticos el dinero que les administran sus maridos y que escatiman del sueldo de la rumana sin papeles que les limpia la casa, ahora competían entre ellas por ver quien se llevaba las miradas del mileurista profesor de aerobic.

Por la noche entré con mis amigos en un pub donde predominaban los hombres casados con mujeres de gimnasio y VIP. Tras una cena de negocios se relajaban tomando unas copas. Algunos iban acompañados de sus secretarias, veinteañeras malpagadas a las que metían mano sin pudor en los rincones oscuros. Los solitarios se avalanzaban sobre las camareras, algunos las trataban como si fueran prostitutas, otros, más educados, se deshacían en promesas de amor o de trabajo con el único fin de darse, por una vez, un revolcón gratis.

Esto viene a colación del ensañamiento mediático que ha provocado la agresión en el metro de Barcelona por parte de un marginado a otra marginada.

He tenido la suerte de dar clase de graduado escolar a grupos de adolescentes de procedencia muy similar a la de este chico. Hijos e hijas de familias desestructuradas y pobres, vástagos de prostitutas y alcohólicos oficiales, de maltratadores, de heroinómanos, de presos... gitanas de 14 años que tras haber cuidado de siete hermanos no saben leer ni escribir.

Niños y niñas que jamás han recibido el cariño de nadie, que han visto lo que nunca deberían haber visto; algunos han sido violados, golpeados, robados por sus propios familiares. Niños y niñas que habitan en viviendas y entornos de condiciones infrahumanas, algunos, con suerte, cuidados por algún abuelo que sobrevive con una pensión de 300 € mensuales.

Todos odiaban la escuela porque solo habían recibido el desprecio de sus profesores y compañeros. Siempre los tontos, los sucios, los inútiles. Algunos tenían sus mentes tan deshechas que parecían irrecuperables, pero la mayoría reaccionaba con un ansia desmedida por aprender tan sólo con escuchar que habían hecho algo bien o recibir un mínimo de atención y afecto. Los que yo conocí, hoy son fontaneros, pasteleras, mecánicos, cajeras de supermercado... La sociedad debería sentirse orgullosa de ellos y ellas por el enorme esfuerzo que han tenido que realizar para salir de la marginalidad.

Como no hay partidas presupuestarias para la formación de este colectivo de chavales, son normalmente cristianos de base y asociaciones vecinales quienes muy precariamente organizan las clases en cualquier local prestado y maloliente y buscan voluntarios que les ayuden en la labor docente. Se llega a muy poca gente y no siempre el voluntariado tiene la suficiente preparación para hacerse cargo de una labor tan difícil.

¿Por qué el Estado en lugar de subvencionar los colegios privados de ciertos niñatos (y por extensión las cremas de sus mamás y los caprichos de sus papás) no invierte en la educación de estos adolescentes expulsados prematuramente del sistema educativo a causa de su desgraciada procedencia familiar?

La respuesta es clara, si no existieran los deshechos sociales los sepulcros blanqueados se verían menos blancos y tendrían que cerrar sus bocazas.

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by Ana Albuixech: reddesert. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.